HISTORIA DE VIDA: MUJER TRANS – por Por Nadir Fernanda Cardozo para Ofrendas Urbanas

Jardín, primaria y secundaria: un delantal celeste, una mochila de super héroe, un partido de fútbol. La escolarización es un camino largo, repleto de pequeñas escenas que interpretamos con un rol debidamente asignado.

En mi jardín de infantes la salita de juegos tenía una cocina, bebotes y disfraces. Del otro lado, camiones, ladrillitos y herramientas. Como mi guardapolvo era celeste, mi lugar en la salita estaba de ese costado. Con resignación paseaba un autito mientras miraba de reojo los delantales rosa que jugaban en la cocina.

En la primaria cada mañana saludábamos a la bandera. Desde la fila de varones miraba fijo cuando se izaba, como si eso hiciera que subiera más rápido. Quería que ese momento terminara para que volviéramos a mezclarnos. Esa no era mi fila. Tampoco esa mochila, ni ese pelo, ni esas zapatillas. En la clase de educación física sonaba el silbato, rodaba la pelota y teníamos que correr tras ella. A un costado, unas pocas privilegiadas jugaban al quemado. Mi forma de correr, de patear la pelota, de evitarla, eran motivo de burla para mis compañeros. Ellos me llamaban “mariposa” y el profesor, “torpe”. Yo moría de la vergüenza.

En casa era todavía más difícil. Cómo les iba a contar lo que me pasaba si ayer mi papá se reía del “puto ese” que salía en la tele. Cuando decía algo, el consejo se repetía como un salmo: “tenés que ser más macho y devolvérselas”. Así pasé de grado, pasé cumpleaños, pasé actos de fin de año disfrazada de soldado, caballero y mulato. Qué incómodo le queda el traje a quien no quiere llevarlo. Me sentía sola: nadie con quien hablar, nadie con quien compartir, mucho que entender y nadie que me pudiera explicar.

En el secundario mis compañeras empezaban a usar la ropa de moda y traían a escondidas un brillito para labios que se ponían todas juntas en el baño. Otra vez, yo moría de vergüenza por los pelos en mis piernas, mi voz gruesa, mi primera barba. Nada de eso era mio. Dieciséis años pasé en la escuela de mi barrio con los mismos compañeros. Ni los maestros, ni mis compañeros, ni yo teníamos las herramientas para entender o explicar lo que me pasaba. No existía la ley de Educación Sexual Integral.

Este marzo empiezan las clases nuevamente y pienso en cada estudiante que llega al patio del recreo con ganas de empezar de nuevo. Con ganas de que quizás éste sea el año que no le hagan bullying, que no lo obliguen a jugar a la pelota o a formar en la fila de varones. Pienso en los docentes con buenas intenciones, pero pocas herramientas para tratar estos temas. Pienso que en la escuela sobran las preguntas: ¿cuánto es 2 más 2?; ¿en qué año fue la Revolución de Mayo?; ¿cómo es el aparato reproductor femenino?; ¿y el masculino? Pero hay una que nunca se hace: ¿cómo sentís tu género? Incluso puede ser más corta: ¿cómo te sentís? Ésa es tu identidad y así tenés que vivirla y expresarla. Y eso también se tiene que aprender en la escuela.

 

Por Nadir Fernanda Cardozo

Nadir es Coach Ontológica. Es Promotora de Salud para población trans en Fundación Huésped. Es Promotora de Salud y Derechos Humanos de la  Asociación de Travestis, Transexuales y Transgénero de la Argentina (ATTTA). Es Coordinadora Nacional de Argentina del Proyecto Mujeres Trans sin Fronteras contra la transfobia y ViH/SIDA de la Red de Personas Trans de latinoamerica y el Caribe (Redlactrans).