Ecos de tinta – Artes Visuales x Agustina Caruso ~ Hoy: Páramo Alonso / Tormento amateur


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El amateur siempre se arriesga, lo prueba todo, nunca se sabe un profesional. El amateur siente una imposibilidad de apresar el conocimiento, no especula, abre sala a toda cosa con el hambre voraz e inquietante de quien desconoce qué vendrá. Transita la sorpresa, y cuando empieza a predecir, se aburre, y lo desploma todo. Es momento de volver a comenzar como lo que es: un “amateur profesional”. Más parecido a un mago, un experimentador, el amateur es simplemente un artista de pura cepa. Sigiloso y de buena escucha, amante del oficio y habitante de tormentos, no esperados, si no buscados. Esa es su salsa.

De lujuria dibujística y pictórica, aunque sin ridículas fronteras interdisciplinarias, dueño de un irreversible par de refinados ojos, Carlos dispone y desordena así el lenguaje plástico en pos de un discurso nuevo, atrapante y conmovedor para sí mismo. Espíritu ecléctico de voz calma, siempre comprometido ideológicamente, nunca ajeno a las problemáticas socio-políticas. En el cuadro comienza lo que él vive que a su vez termina donde él pinta.

Imposible no citar a su reconocido maestro: Spilimbergo, asceta dotador y desarrollador de grandes dones, puesto que Carlos nació en Tunuyán, Mendoza, y como todo provinciano requería de un sólido paquete de recursos para desplegar y suplir la escueta presencia de museos, galerías o artilugios visuales que naturalmente todo buen observador requiere para su nutrición. Era momento entonces de expandir con sello académico lo que en su adolescencia hacia obsesivamente en las clases de geografía y matemática.

Carlos Alonso, maestro de maestros, en 1977 fue signado por la tortura y el terror de la dictadura militar tras la desaparición de su hija: Paloma. De capacidad de resiliencia, padre sublimador de perdidas, propietario de un corazón surcado por fantasmas ficcionales y uniformados de carne. Escapista de regímenes punitorios y succionadores.

Compuesto por clara estirpe campesina, aunque exiliado en Roma, Madrid y París, el audaz Alonso torna memorable toda factura puesto que subyace un incansable imaginario sustentado con un dibujo de enorme calidad, pero sobre todo, de inabarcable intensidad. Aún no sabemos cómo logra el bellísimo y cruel susurro de muchos de sus personajes ya sean de carbón, acrílico u óleo, migrando incansablemente de técnica en técnica.

Dubuffet, Velázquez, Bacon, Antonio Moro y tantos otros titanes han pasado por sus ojos y bajado a su mano. Toda la carga de emoción, gesto, ritmo y vitalidad subyace entre el contraste de las muertes visibles e invisibles, que se hacen presentes sin tapujos en su producción. Diversa y profunda. Universal y personal. Carnicería de palomas. Alonso queda despojado como un páramo. El dolor ha talado buena parte de su bosque interior.

Estamos en presencia de un bestia de bestias. Nuestro y vivo. Alonso. Infierno, purgatorio y paraíso argentino.