Columna de Artes Visuales X Agustina Caruso – Hoy: Francis Bacon

{ INSTINTO, el insobornable Bacon } orgía de carne lacerada

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El movimiento y la tensión interna del cuerpo humano, manipulado con una extraordinaria economía de recursos como el contraste y las potentes flexiones, flechas y disoluciones sugestivas casi violentadas por color, coexisten como alusiones directas a la forma de gritar del dublinés Francis Bacon (1909-1992). Su audaz retrato funciona como denotador de la naturaleza personal del individuo.

Contrapostto y hombres voluminosos a lo Miguel ángel, la dinámica de las figuras de los luchadores del fotógrafo Muybridgre, y el impacto visual de las radiografías y los rayos x fueron sus más importantes motores de abordaje. Escenas macabras, cadáveres de animales abiertos tal como aparecen en los holandeses del siglo XVII como Rembrandt, se predisponen al vehemente encuentro sexual en el ring al óleo que nos propone.

Si bien comparte la ferocidad de gesto, y la actitud de choque del expresionismo, el arte de Bacon no es “idealista”, sino más bien “realista”, pero fuera de toda lectura alegórica. Más bien podríamos definirlo según el propio autor como “el conjunto de sensaciones que esa apariencia le suscita”.

Burlaba la mirada a través de las deformaciones, evitando las convenciones de representación, sometiendo así al espectador a revalorizar aquello que mira.

“De ejecución y efecto catártico, similar al que palpaba la tragedia griega”, decía Andrew Forge. El trabajo de Bacon es de una enorme fidelidad a la experiencia vital, la materia luce como carne convulsionada. Tensiones y direcciones donde la figura aparece justo antes de su disolución, descompuesta, tortuosa, pero aún reconocible.

Cajas espaciales prismáticas o curvas dispuestas, como una prolongación del espacio ortogonal del espectador. Celdas de una prisión, lugares anónimos y desolados. Se manifiestan a merced del publico y no de las figuras que están dentro. Obscenos fragmentos de existencia, sus trípticos funcionan como pantallas de cinemascope, panoramas de acción y acentos de intimidad exhibida. Quien contempla queda enfrenado a la soledad más profunda de la silueta pintada, presionado al morbo, no se le pregunta, se lo obliga a hacerse cargo del imaginario anatómico desplegado.

El Picasso de 1927 será el ancla y la determinación del territorio pictórico de Bacon, el de las formas orgánicas y deformadas relativas a la figura humana que hasta el momento no habían sido exploradas. De buena reputación como interiorista de estilo entre la bauhaus y el art decó, la pintura en la que se inicia de manera autodidacta irá afortunadamente ganando terreno hasta convertirse en su único menester. Poco se sabe de la obra anterior a los años cuarenta, puesto que el propio Bacon la destruyó casi totalmente, afirmando que recién a sus 45 años comienza a producir obra que vale la pena.

Son los cuarenta y los cincuenta, dominadas por la abstracción, las que lo consagran a pesar de la latente figuración de Sutherland, Freud, Kitaj & Hockney, puesto que la implacable individualidad de la obra de Bacon se resiste a toda obtusa clasificación. El suyo es un camino solitario, cegado para posibles seguidores aunque no por ello ajeno al espíritu de su época.

Este amante de la osamenta se mantuvo absorto por el oficio hasta el momento de su muerte, a punto de dar a luz a su última exposición. Un hombre que trotó a la deriva, siempre detrás de una pintura que recree de forma inmediata la sensación de lo vívido a través de la mancha y la “imaginación técnica”. Bacon lanza puñados de pintura sobre el lienzo para ser moldeado con manos o brocha, hasta se perciben huellas dactilares.

Al comenzar un nuevo lienzo se ponía muy nervioso, como lo hacía Ingres al momento de ejecutar un retrato, quien lloraba desconsoladamente. Casi en peligro de muerte, no concedió ni desistió en su particular interpretación del mundo a pesar de las adversidades y las desvalorizaciones de los otros. No creyó ni en alabanzas ni en agravios, Francis Bacon, siempre fue instinto. Pero seguramente, como él mismo decía, se habrá muerto antes de saber quien realmente era.