Columna de Artes Visuales x Agustina Caruso – Cirugia Animal, Freud: escrutinio habitual

Su primer palabra fue “alleine”, Lucian Freud siempre quiso estar solo.

De particular afinidad con los animales, sobre todo con los caballos, solía dormir desde muy pequeño en los establos.Su abuelo, Sigmund Freud, psiquiatra y anteriormente biólogo fue el responsable del eminente gusto por los animales de Freud.

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La majestuosidad de los clásicos como Durero y Tiziano dotaron a Freud de la minuciosidad y el detalle. Empero, Lucian detestaba las clasificaciones, jamás aludía a sus influencias, le escapaba a la etiqueta que consideraba desmoralizante, limitante y segmentaria.

Entrañable amigo y admirador del pintor Francis Bacon, solían pasar sus tardes en pubs nocturnos a la caza de hombres y mujeres sedientos de cama. Lucian veía en Bacon, el ejemplo del hombre artista, en busca de tomar aquello que quiere sin tupor ni tapujos, una dupla de riesgo y juego al límite. No casualmente, Freud muta su pintura a una de mayor carga y menor degradado, se torna visceral, atrapante y perturbadora, abandona así el pincel suave por uno de cerdas que pueda denotar y facilitar el volumen y la respiración de los cuerpos yacentes en su estudio, siempre a la espera de la inspección óleo más bestial que se haya visto hasta entonces en la historia del arte.

Al encontrar un disparador de su voracidad para pintar, abría enormemente sus ojos, lo estudiaba y analizaba permaneciendo ausente, “más allá que acá”. Interpretaba a sus modelos como animales de escrutinio, fuera de toda idealización, los pintaba como realmente eran para él, solitarios, contorsionados de pasiones, reflexivos, angustiados, distantes, estupefactos y mortales. Teñía de asombrosa notoriedad lo aparentemente ordinario.

Vivió como quiso, pintando hasta en sus últimos días, alimentando sus placeres de pintura y mujeres. Berlinés exiliado en Londres, de familia judío alemana, sufrió la pérdida de varios tíos perseguidos por el régimen nazi.

En su primer viaje a París, conoce a Pablo Picasso y a Alberto Giacometti, encuentra en este último el sello del trabajo incesante, el riesgo, la falta de fórmulas, la intensidad y la autenticidad. Puesto que Freud pinta mujeres y hombres desnudos fuera de la norma, en un comienzo poco apetecibles, incómodas, carnosas, cotidianas; en sus figuras no había embellecimiento. Su nido de poses era un consultorio de cirugía, solo “la verdad” de quien posaba se vería revelada, incluso la de sus hijas, amantes, familiares y asistentes.

Con 14 hijos de innumerables mujeres, Freud manifiesta a pincel las tensiones de pareja devenidas en campos de batalla, pero quizás su madre fue el rol femenino de mayor importancia, la calificaba como “insoportable”, ya que ingresaba inescrupulosamente en su intimidad amorosa. Es ella quien se intenta suicidar a partir de la perdida de su marido y padre de Lucian: Ernst, secuela del fallido, pierde todo esbozo de sonrisa, mientras Freud la representa perpleja, deshecha. Extrañamente, Lucian la puede vislumbrar a su madre con cierta frialdad y morbo.

En su exitoso y último periodo de millonarias subastas contrarrestado con gigantes deudas de juego se ve atraído por monumentales composiciones, de efecto teatral. Freud es entonces dueño de una ambición insaciable, pinta unas ocho horas de lunes a lunes. Lucian Freud se miraba a sí mismo, sin piedad ni anécdota, solo un trozo de animal, no había ensayo ni excusa para su escrutinio habitual.